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LA VOZ DE LA SALUD 

EL COLECTEROL Y LA PRESIÓN ARTERIAL SE IGUALAN EN ADULTOS MAYORES DE 40 AÑOS OBESIDAD Y SIN ELLA GRACIAS A LOS TRATAMIENTOS.

Un nuevo estudio publicado en The Lancet con datos de casi un millón de personas en distintos continentes halló que la presión arterial y el colesterol de las personas mayores con obesidad se parecen cada vez más a los de personas con normopeso, gracias en buena parte al uso de medicamentos


 Una investigación internacional halló que los niveles de colesterol y de presión arterial de los adultos mayores de 40 años se han igualado de manera global entre personas con obesidad y sin ella, posiblemente debido al uso cada vez más extendido de tratamientos farmacológicos, como los análogos del receptor del péptido 1 similar al glucagón (GLP-1), entre los que destaca la semaglutida (Ozempic). El estudio, publicado este jueves en The Lancet, ha analizado datos de casi un millón de personas en siete países a lo largo de tres décadas, entre los años 1994 y 2024. Con todo, los autores subrayan que existen otros riesgos asociados a la obesidad no recogidos en el estudio, como la diabetes, la enfermedad renal o el cáncer, entre otros.

El estudio

La investigación publicada en The Lancet se titula Metabolic traits in obesity and normal BMI in industrialised countries: a multi-country analysis of national population based studies. Se trata de un análisis retrospectivo con una muestra de casi un millón de personas, que revisa 110 encuestas, así como datos procedentes de países de Asia (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia), Europa (Finlandia, Inglaterra) y América del Norte (Estados Unidos).

«Es un trabajo bastante sólido y ambicioso por su escala. La metodología está bien explicada y los autores son honestos al reconocer varias de sus propias limitaciones», observa Rebeca Fernández Carrión, investigadora en el departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universitat de València y miembro del Ciberobn (Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición), en declaraciones a Science Media Centre (SMC).

Con todo, no carece de limitaciones. El estudio utiliza el índice de masa corporal (IMC) para definir la obesidad —habitualmente, se considera que un IMC mayor o igual a 30 se corresponde con este cuadro—. «Pero los profesionales de la salud llevan tiempo señalando que esta medida no resulta suficiente para evaluar el riesgo real que induce la obesidad: no distingue grasa de músculo ni informa de dónde se acumula esa grasa, que es lo que más importa clínicamente. Además, usan los mismos umbrales de IMC para clasificar obesidad en todos los países, pese a que se sabe que, para un mismo IMC, las poblaciones asiáticas suelen tener más grasa corporal y más riesgo cardiometabólico que las occidentales. Esto puede dificultar comparar de forma justa los resultados entre distintos países, como Japón y Estados Unidos», señala Fernández.

Otra limitación radica en el hecho de que, si bien la investigación registra si la persona toma medicación o no, no se analizan las dosis ni el tipo de tratamiento, «lo que hace que las estimaciones de la mejoría sean aproximadas, no una prueba causal directa». Tampoco se incluyen datos sobre la dieta de los participantes, lo que significa que no queda claro en qué medida la mejoría observada se debe realmente a los fármacos y en qué medida a otros factores no analizados.

Los hallazgos

«El hallazgo principal —que la presión arterial y el colesterol de las personas mayores con obesidad se parecen cada vez más a los de personas con normopeso, gracias en buena parte a un mayor uso de medicamentos— es coherente con lo que ya sabíamos sobre el avance del tratamiento farmacológico en las últimas décadas», corrobora Fernández.

Según el análisis sistemático de datos mundiales sobre obesidad, entre los siete países estudiados, la prevalencia de obesidad fue más alta en Estados Unidos, seguida del Reino Unido, y más baja en Japón y Corea del Sur. El rango de prevalencia en el 2024 en los distintos grupos de edad y sexo fue del 35,7 % al 47,2 % en Estados Unidos y del 3,2 % al 9,6 % en Japón.

La investigación concluye que «las disminuciones [del colesterol y la hipertensión] fueron mayores en individuos con obesidad, especialmente obesidad de clase II y III, que en aquellos con IMC normal, lo que llevó a una convergencia de estos factores de riesgo entre la obesidad y el IMC normal en personas mayores de 40 años. Como resultado de estas tendencias, en Inglaterra, Estados Unidos, Tailandia, Corea del Sur y Japón, los niveles de las personas mayores con obesidad se volvieron indistinguibles o incluso mejores que aquellas con un IMC normal en términos de colesterol no-HDL y PAS. Estas tendencias acompañaron un mayor aumento en el uso de medicamentos hipolipemiantes y antihipertensivos en personas de mediana edad y mayores con obesidad que en aquellas con IMC normal».

Sin embargo, la investigadora advierte que «conviene ser cauto, ya que el estudio solo mide dos de los múltiples mecanismos por los que la obesidad influye en la salud: presión arterial y colesterol; no analiza inflamación, resistencia a la insulina, diabetes, problemas articulares o algunos tipos de cáncer, también ligados al exceso de peso». Además, esa mejoría solo se observa en la población mayor de 40 años: en personas jóvenes con obesidad, el riesgo metabólico sigue siendo claramente más alto que en quienes tienen un peso normal.

Cristóbal Morales, responsable de la Unidad Salud Metabólica, Diabetes y Obesidad del Hospital Vithas Sevilla y vocal de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo), explica a su vez que los datos utilizados en la investigación corresponden a «estudios observacionales con mucha población en los que se pueden establecer relaciones, pero nunca causalidad».

Son buenas noticias, pero no muestran la imagen completa de lo que es vivir con obesidad. «La obesidad no es que se haya vuelto benigna ni controlable, porque tratar la obesidad significa tratar el origen del problema, y el origen del problema es metabólico y es adiposopatía, no consiste solo en tratar las consecuencias de la obesidad. Además, en este estudio se nos escapan muchas de las más de 200 complicaciones que tiene el síndrome metabólico cardio-renal que es la obesidad, como la diabetes, el hígado graso, enfermedad renal, cáncer o problemas de sueño», describe Morales en declaraciones a SMC.

El especialista señala que la obesidad se debe tratar de manera integral, partiendo del origen metabólico de esta condición y estableciendo pautas de manera temprana. «El tiempo es oro para tratar la obesidad y sus complicaciones cardiovasculares, para hacer prevención y para iniciar un tratamiento correcto en esta enfermedad crónica y compleja», subraya.

Para Josefa García Barrado, profesora titular de Farmacología e investigadora del grupo Neuroendocrinología y Obesidad de la Universidad de Salamanca, se trata de «un estudio que no aporta ningún descubrimiento científico que el sentido común no fuera capaz de razonar. Es lógico que los pacientes obesos que están tratados con hipolipemiantes y antihipertensivos tengan tendencia a disminuir su presión arterial y sus niveles de lípidos». No obstante, «lo que sí es importante es que los obesos en países industrializados con tratamientos médicos disponibles tienen mejor calidad de vida y probablemente vivan más tiempo. Esta idea sí merece la pena que nos cale, para valorar hasta dónde hemos llegado, dónde llegaremos y cómo es imprescindible sostener nuestro sistema», resume en declaraciones a SMC.

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