-EL CAUTIVO Y LA TRINIDAD DESPIERTAN LAS GANAS DE SEMANA SANTA EN MÁLAGA - MÁLAGA HOY
El Alba de hoy se sintió como si el sol, impaciente, quisiera llegar antes que nadie a su cita con el Cautivo. Este año, la noche se dejó vencer antes de tiempo, en parte por la ilusión y en parte porque aún no ha llegado el cambio de hora: el cielo, más claro de lo habitual por la ausencia aún del cambio de hora, permitía al sol insinuarse cuando todavía deberían mandar las sombras. A las seis y media de la mañana, la calzada de la Trinidad ya era un tapiz humano salpicado de claveles rojos, encendidos como pequeñas llamas en las manos de los fieles. Sin paraguas. Ese fue, quizá, el primer milagro tangible. Muy lejos quedaba la incertidumbre del año pasado, cuando la lluvia convirtió la misa del alba en una espera tensa, pendiente de un cielo caprichoso. Esta vez, en cambio, el aire era limpio y la expectativa, serena.
Al adentrarse en la plaza de San Pablo, los detalles hablaban por sí solos. Una zona reservada para personas con movilidad reducida, situada junto al lateral izquierdo del templo, evidenciaba una voluntad de cercanía. El altar, dispuesto en la rampa de acceso a la iglesia, rompía con la disposición tradicional y acercaba aún más la celebración al pueblo. Allí, el nuevo obispo de la diócesis, José Antonio Satué Huerto, se situaría a escasos metros de los fieles, en una misa que, desde su planteamiento, nacía más próxima que nunca.
A las siete en punto, un canto emergió desde las entrañas del templo. Salía con eco, no con la mejor sonoridad, pero sí con la fuerza suficiente para atravesar la plaza. Madre e Hijo se detuvieron en el dintel de la puerta. Las campanas, entonces, rompieron el silencio con un tañido que sonó a promesa cumplida: este año, todo seguiría su curso. Fue un instante suspendido. Un cruce de miradas entre Dios y el pueblo que marcó el inicio de la celebración. Rosarios entrelazados en los dedos, claveles rojos temblando levemente, parecían titilar cuando las imágenes alcanzaron la plaza. Comenzaba la misa.
El Evangelio del día, del evangelista San Juan Evangelista (11, 45-57), relataba el momento decisivo: cuando la profecía se convierte en verbo y se toma la decisión de hacer cautivo a Jesús. Un pasaje que, en Málaga, adquiere un eco especial, aludiendo a la llegada del Señor como Padre de la Trinidad, como el Señor de la ciudad. Y dejaba en el aire una pregunta que resonó como antesala de la Semana Santa:
“Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: ¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?”. En la homilía, el nuevo obispo supo poner palabras a un sentimiento colectivo: “El Cautivo sabe a raíces, a familia, a reencuentro”. Su mensaje trascendió lo local. Habló de la guerra y de la urgencia de la paz, de una fraternidad sin fronteras, de la necesidad de iniciativas solidarias nacidas del amor. Recordó que, si Dios se presenta cautivo ante los hombres, es para liberar a los propios hombres de sus cadenas invisibles: “Tenemos cautivos muy cerca, en nuestra familia y amigos”. Invitó, incluso, a imaginar un mundo del que nadie quisiera marcharse por voluntad propia. Su discurso dibujó una imagen de la ciudad y del mundo no blanca como la túnica del Cautivo, sino vidriosa, como los ojos humedecidos de la Virgen de la Trinidad.
Tras la homilía, la celebración avanzó ligera, como la mañana que ya se imponía. El pan y el vino se hicieron cuerpo y sangre, presencia real en la eucaristía. En la plaza, pueblo, autoridades eclesiásticas, representantes políticos, cuerpos de seguridad del Estado y hasta los enfermos que aguardaban en el cercano Hospital Civil parecieron borrar cualquier frontera, al menos por un instante, en el territorio invisible del corazón.
No faltó la tradición, pero con un pequeño cambio/ la entrega de medallas de la cofradía a los regulares de Melilla 52 y Ceuta 54. Uniformados, recibieron los colores blanco y cardenal, que reposaron sobre sus pechos como símbolo de vínculo con la cofradía. Eso sí, ese año, impuestas una vez terminada la misa.
Y, puntuales, a las ocho de la mañana, el escenario comenzó a desvanecerse. Se retiraron las vallas, el altar, la espera acumulada. El Señor salió a la calle: atado de manos, sí, pero libre de la incertidumbre que había precedido el momento. Comienza el traslado.
Apenas el Señor y la Virgen de la Trinidad salieron de la plaza de San Pablo, no fue solo la música de la banda de cornetas y tambores la que anunció su camino, ni la saeta cantada con desgarro antes casi de dar los primeros pasos, tampoco los toques dd campana: fue la lluvia de claveles rojos que cayó sobre ellos desde el estrecho callejón por el que comenzaron a caminar. Compartían el mismo trono, y cada mirada de los fieles parecía acompañarlos, como uno más, sobre los varales.
Los claveles volaban, chocaban contra la madera, caían al suelo y se posaban en las manos alzadas. El rojo lo cubría todo, un río de flores que parecía adelantar la Semana Santa y que hacía vibrar al barrio.
El traslado avanzó luego por la larga avenida que conduce a calle Gálvez Ginachero, trazando un camino lento, como queriendo que este traslado cuente también por el que el año pasado tuvo que acortarse, consciente de que cada metro los acercaba al Hospital Civil. Allí es donde la fe y la esperanza se mezclan con la fragilidad de quienes esperan, con quienes este año sí podrán estar con Ellos.
Frente a los enfermos, los claveles rojos parecían desafiar el dolor, cubrirlo, casi abrazarlo. En ese instante, el Cautivo y la Virgen de la Trinidad volvieron a cumplir su promesa: estar donde más se les necesitaba, donde el año pasado no pudieron por inclemencias del tiempo. En el patio del hospital, los enfermeros se conviertieron, un año más, en los pies bajo la túnica blanca del Cautivo y bajo el manto morado de la Trinidad.
Tras el encuentro con los enfermos, la música cambió. Las cornetas y tambores de la banda del Cautivo dieron paso a las melodías de la Trinidad Sinfónica, que tomó el relevo con un aire distinto, más templado, más acorde con la calma que ya dominaba la mañana.
No tardó en llegar uno de los momentos más esperados. En calle Regente, la banda interpretó Rezo a tus Pies y el barrio entero respondió. Voces que salían de las aceras, de los hombres de trono, de alguna garganta rota por la emoción. Allí, el saetero Juanfran Ríos convirtió su voz en una banda más, elevando la escena hasta dejarla suspendida unos segundos en el aire.
Con esa misma calma, sin prisas, los titulares siguieron su camino de vuelta a la casa hermandad. Y entre tanto clavel, quedó un detalle casi inadvertido: no solo las flores se prendían a las manos, a las potencias o a la corona. También un plástico, enganchado por un momento en la potencia del Cautivo, recordó levemente aquellos días grises en los que la lluvia amenaza y termina formando parte de la estampa.
Parecía que caminaban así, por la calzada de la Trinidad, con la silueta de la iglesia de San Pablo al fondo y esa luz tan particular de los sábados de Pasión. El encierro no fue un final, sino un hasta luego meditado: el trono regresó a la casa hermandad cubierto de claveles y del cariño de un barrio que, un año más, vivió un Lunes Santo con fecha de sábado. Pero el Cautivo no se quedó solo entre sus muros: quedó también prendido en los ojos y en los corazones de quienes lo acompañaron en su vaivén y que lo volverán a hacer en solo dos días.

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